"La frígola es parte de nuestra historia y del sabor de la isla"

Carlos Marí Mayans reivindica la autenticidad de un licor único y el valor de la planta local como emblema de identidad cultural.

Carlos Marí Mayans es la quinta generación al frente de Familia Marí Mayans, una empresa nacida en Formentera en 1880 y dedicada desde entonces a la elaboración artesanal de licores con plantas autóctonas. Su producto más emblemático es la frígola, un licor destilado a partir del tomillo ibicenco que representa el alma de la isla en forma líquida. Hablamos con él sobre tradición, sostenibilidad, identidad y el futuro de los productos locales.

¿Qué es Familia Marí Mayans y cómo empezó todo?

Nuestra historia arranca en 1880, cuando mi tatarabuelo fundó la destilería en Formentera cuando estaba siendo repoblada desde el municipio de Sant Josep, en Ibiza. Mi familia se instaló allí y empezó ofreciendo remedios medicinales a base de plantas a los vecinos del pueblo. Además, mi tatarabuelo era comerciante y viajaba a Barcelona a traer productos, como hilos o agujas. En uno de esos viajes aprendió el arte de la destilación y a su regreso, decidió fundar su propia destilería.

El primer licor fue la frígola, porque cerca de su finca, entre San Agustín y la Mola, había muchos campos de tomillo y naranjos. Primero empezó como un jarabe muy dulce, medicinal, que se tomaba a cucharadas. Luego fue refinando la receta hasta convertirla en el licor de tomillo que hoy conocemos. Poco después, se trasladó a Ibiza, donde la familia ha seguido al frente desde entonces. Hoy, mi hermano y yo continuamos con la misma ilusión y respeto por esa herencia.

¿Cómo ha sido para ti crecer dentro de esta tradición familiar?

Desde pequeño tuve claro que quería dedicarme a esto. Cuando a los niños les preguntaban qué querían ser, decían astronauta, futbolista, bombero… yo respondía: “quiero ser Marí Mayansero”. Mi hermano y yo acompañábamos a nuestro padre a la fábrica, entre plantas, aromas, frascos… nos encantaba.

Nadie nos obligó a continuar con el negocio familiar. Ha sido una decisión natural y por vocación. Pero también es un mundo muy exigente. La gente no imagina los retos que supone. Por ejemplo, nuestras botellas tienen que venir de fuera porque en Ibiza no hay vidrieras. Con las crisis logísticas, como la guerra en Ucrania, nos cuesta mucho abastecernos de materiales básicos como el vidrio. Y por supuesto, todo lo que elaboramos —hierbas, frígola— lo hacemos 100% en Ibiza. Es artesanal, pero no exento de complicaciones diarias.

¿Qué ha cambiado desde los tiempos del tatarabuelo? ¿Se siguen usando los mismos métodos?

Los métodos de elaboración siguen siendo los mismos, fieles a la tradición. Tenemos un alambique de cobre de 1.400 litros, usamos la misma cantidad de planta, los mismos procesos de destilación y maceración. Lo que ha cambiado es el contexto: ahora tenemos normativas sanitarias, trazabilidad, libros de control, exigencias de calidad…

También hemos introducido algunas mejoras tecnológicas. Antes, se calentaba con carbón o leña, ahora usamos gas. Donde antes todo era manual, ahora ciertas tareas se automatizan. Pero el espíritu artesanal sigue intacto. Nos apoyamos en la tecnología para mantener la esencia.

¿Qué representa hoy en día la frígola para la empresa y para ti personalmente?

La frígola es nuestra raíz. Aunque hoy en día el producto que más vendemos son las hierbas ibicencas, sobre todo en Ibiza y Formentera, la frígola es el producto que nos define. Es el primero que hicimos y, en mi opinión, el que mejor elaboramos.

La receta es sencilla y pura: tomillo ibicenco destilado y maceración de piel de naranja también local. No hay licor más auténtico. A diferencia de las hierbas, que llevan 18 plantas y cinco procesos distintos, la frígola es un destilado limpio y directo. Por eso seguimos cuidándola tanto, incluso manteniendo la botella de vidrio topacio y la etiqueta original. Aunque este año estamos trabajando en un rediseño para hacerla más reconocible y llegar a más público.

¿Qué papel juega la frígola en la vida social y gastronómica de Ibiza?

Es parte de nuestra identidad. En fiestas populares, sobremesas familiares, celebraciones… la frígola está presente. La gente local la conoce desde siempre y asocia su sabor con lo propio, con lo auténtico. Es un digestivo, pero también se puede usar como aperitivo o en cocina, incluso para empapar una ensaimada.

A través de las redes sociales estamos mostrando nuevas formas de consumirla, en cócteles, recetas, postres. Nos interesa que más gente descubra su versatilidad. Pero sobre todo, queremos que se entienda que es mucho más que un licor: es cultura líquida de Ibiza.

¿Cómo es el proceso de elaboración de la frígola?

Recolectamos el tomillo a finales de mayo o principios de junio, cuando está en plena floración. Depende del clima y las lluvias. Cerramos la fábrica y todo el equipo se va al campo a cortar solo las flores con tijeras. Nada de ramas ni hojas: solo la flor.

Las naranjas las cosechamos en invierno, en diciembre y enero. Se pelan a mano, con el grosor justo para macerar. Luego, las cáscaras se maceran en alcohol durante un mes. Finalmente, se mezcla con el destilado de tomillo, se filtra varias veces, se le añade almíbar y está listo para disfrutar.

¿Cómo describirías su sabor?

Es compleja. Tiene un punto dulce, pero también notas amargas, ácidas y herbales. Es melosa, ligera, intensa pero no agresiva. Tiene 30 grados de alcohol, pero entra suave. Lo tiene todo: aroma, cuerpo, equilibrio. Además de su sabor, tiene propiedades digestivas, antisépticas y también abre el apetito. Por eso funciona igual de bien como digestivo que como aperitivo.

¿Por qué es tan especial el tomillo de Ibiza?

Porque no es solo “producto local”, es mejor en términos objetivos. Encargamos un estudio al Instituto Nacional de Ingeniería Agrónoma y concluyeron que el tomillo autóctono de Ibiza y Formentera tenía un 40% más de rendimiento que el de otras zonas en todos los parámetros analizados: aroma, color, principios activos…

De hecho, en 1983 se quemó nuestra fábrica y tuvimos que suspender la producción. Intentamos reproducir la frígola con tomillo valenciano mallorquín, pero no salió igual. Fue un desastre. Tuvimos que esperar al año siguiente para retomarla con nuestra planta local. Y ese hecho marcó para siempre nuestro compromiso con el tomillo ibicenco.

¿Qué opinas sobre la importancia de defender el producto local?

Es vital. En Ibiza, lamentablemente, no se defiende tanto lo nuestro como se debería. En Mallorca, por ejemplo, es impensable que en un restaurante no sirvan productos de la isla. Aquí, en cambio, es común que después de una buena comida te ofrezcan unas “hierbas ibicencas”… que en realidad han sido fabricadas en Murcia.

Es una lucha constante. Nosotros lo hacemos todo aquí, desde las plantas hasta la elaboración. Apostamos por el producto local, fomentamos el sector primario y nos negamos a usar esencias o materias primas de fuera. Eso se nota en el resultado, y además da sentido a lo que hacemos.

¿Y qué se podría hacer para proteger mejor estos productos?

Hay que ser más estrictos. El intrusismo no es solo en el taxi o en el turismo: también existe en la gastronomía. Gente que vende productos como “ibicencos” cuando no lo son, y lo hace porque las sanciones son irrisorias. Si te pillan, te multan con 150 o 600 euros. Pero con una sola tirada de producto fraudulento ya han ganado 15.000. Les compensa.

Debería haber más inspecciones, sanciones más duras y una inhabilitación real para quienes incumplen la normativa. No puede ser que alguien que defrauda siga al día siguiente como si nada. Solo si defendemos lo nuestro con seriedad, podremos preservarlo para las siguientes generaciones.


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