La Serra de Tramuntana ofrece un espectáculo visual único, donde bancales ancestrales construidos con la técnica milenaria de piedra en seco delinean el paisaje mallorquín. Un entorno privilegiado que evoca aromas y sabores auténticamente mediterráneos.
Entre las laderas abruptas de la Serra de Tramuntana, donde la montaña parecía vedada a la agricultura, el ingenio campesino mallorquín trazó con paciencia milenaria los “marges”, esos muros de piedra en seco que doman el relieve y modelan un paisaje agrícola que ha perdurado durante siglos. Aunque se conservan vestigios de su uso desde época islámica, los primeros documentos que los mencionan datan del siglo XIII, especialmente en el valle de Sóller. Lejos de ser meros elementos estéticos, estos muros escalonados permiten cultivar olivos, almendros, algarrobos y encinas en terrenos de pendiente pronunciada, reteniendo la humedad, previniendo la erosión y facilitando el aprovechamiento del agua. Su diseño permite también infiltrar el agua de lluvia y recargar acuíferos.
La Serra de Tramuntana cuenta con más de 20.000 kilómetros de “marges”, cifra que rivaliza simbólicamente con la Gran Muralla china, y no es para menos: piedra a piedra, los margers levantaron un sistema agrícola y ecológico sin precedentes, cuyo legado aún late en cada terraza cultivada y en la biodiversidad que albergan estos rincones. Esta arquitectura sin arquitecto es el testimonio vivo de una cultura que convirtió la necesidad en arte, y la escasez de recursos en sostenibilidad.
En estas marjades crecen olivos que ofrecen aceites con perfiles organolépticos únicos, definidos por el clima, la altitud y el esmero en la cosecha manual. Este aceite, muchas veces de variedad empeltre o picual, forma parte esencial de la gastronomía local, ya sea como aderezo en platos sencillos o como base de elaboraciones más complejas. A su lado maduran almendros cuya floración anticipa la primavera y cuyo fruto participa en recetas dulces e incluso en licores tradicionales. Bajo la sombra de algarrobos se resguarda el ganado, y su fruto ha cobrado protagonismo en la cocina contemporánea de la isla, ya sea en forma de harina, jarabe o incluso como sustituto del cacao.
El oficio de “marger”, declarado Patrimonio Cultural Inmaterial por la UNESCO en 2018, ha renacido en las últimas décadas gracias a iniciativas de formación, talleres y el impulso de colectivos como el Gremi de Margers de Mallorca. Son los nuevos guardianes de un saber que no solo se transmite con las manos, sino también con la mirada atenta al entorno. Con cada muro restaurado, preservan también una manera de entender el territorio, donde el cultivo es parte del ecosistema, y la cocina, una expresión directa del paisaje trabajado.
Así, los “marges” son líneas de lectura del tiempo y del esfuerzo humano. Son la infraestructura silenciosa de una cultura que entendió que vivir de la tierra era también vivir con ella. Y en cada plato de aceite, almendra o garrofa que llega a la mesa, hay un poco de ese paisaje comestible sostenido en equilibrio por la piedra seca.