Xesc Sans es una de las voces más comprometidas con la agricultura ecológica en Mallorca. Desde Calvià, cultiva sobre todo algarrobos, almendros y olivos con técnicas sostenibles. Pionero en su zona en certificarse como productor ecológico en 1999, combina experiencia, activismo agrario y una firme defensa del producto local y del paisaje tradicional.
¿Cómo fueron tus primeros pasos en el mundo del campo?
Mis primeros recuerdos del campo están ligados al juego y a la recolección de frutos. Nací en Ca’n Ros, en Calvià, y de niño ya me entusiasmaba recoger almendras o algarrobas, aunque muchas veces me decían que esperara a los mayores. A los seis o siete años ya tenía esta ‘curolla’. Más adelante, empecé a estudiar BUP, hice la mili voluntaria, pero mi camino fue claro: dedicarme por completo a las fincas familiares.
¿Siempre tuviste claro que querías dedicarte a la agricultura?
Cuando empecé, a mediados de los años 80, ser payés no estaba bien visto. Incluso en mi entorno familiar generaba dudas: mi padre me proponía alternativas, porque él mismo nunca se dedicó al campo a tiempo completo. Pero al ver mi implicación, comprendió que lo mío era vocacional. Además, al trabajar las fincas familiares, evitábamos depender de terceros para el mantenimiento. Empecé aprendiendo con el trabajador de mi padre, y cuando se jubiló, asumí yo todas las tareas. Ahora solo recurro a ayuda puntual si la cosecha lo requiere.
¿Qué influencia tuvo tu entorno en lo que sabes hoy del campo?
Muchísima. Aprendí de personas mayores, auténticos maestros de la tierra. Uno de ellos fue Damià de Son Bornet, que me enseñó a injertar algarrobos, una técnica que sigo usando. También aprendí de Mestre Perico de Son Roca, quien me transmitió los conocimientos básicos de la piedra en seco, algo vital para mantener los márgenes agrícolas. Luego me formé también con alumnos de la escuela de “margers”. Esta sabiduría la aplico cada año, reparando muros, paredes o estructuras de piedra. Me sigue pareciendo un trabajo creativo, útil y muy satisfactorio.
¿Qué tipo de cultivos llevas actualmente en tus fincas?
Trabajo en secano, como es habitual en Calvià. Tengo principalmente algarrobos, almendros y olivos. Aunque antes el almendro era el principal cultivo, hoy ya no es viable en secano, debido a enfermedades y cambios climáticos. He ido reemplazándolos por algarrobos, que son más rústicos y resistentes. Los olivos que tengo son de variedad mallorquina y centenarios, injertados sobre “ullastres”, lo que les aporta más fuerza. Aunque la producción es irregular, son árboles muy agradecidos, fáciles de mantener y muy bien adaptados a nuestro terreno.
¿Cómo integras el ganado en tu sistema agrícola?
Tengo ovejas, pero no las mantengo con fines ganaderos. Las tengo porque me ayudan en el mantenimiento natural de la finca. En invierno aprovechan las podas de olivo, en verano comen los brotes del “ullastre”, y también se alimentan de las aceitunas que caen y están picadas, lo que además ayuda a controlar la mosca del olivo. Por eso no me considero ganadero como tal, sino payés. Y estoy convencido de que el campo con animales funciona mejor, de forma más equilibrada y sostenible.
¿Por qué decidiste pasarte a la agricultura ecológica?
Me certifiqué en 1999, sobre todo por principios. El payés es el primer consumidor de lo que cultiva, y también quien manipula productos químicos si los usa. Yo no quería exponerme ni a mí ni a mi entorno a eso. Además, no conozco un producto más limpio y de mayor calidad que el ecológico. Fue un cambio importante, no solo por dejar de usar fitosanitarios, sino también por la decisión de dejar de labrar la tierra para evitar la erosión. En una finca con pendiente, labrar produce escorrentía, pérdida de suelo fértil y tenía que ir recogiendo piedras. Este cambio me ha permitido conservar mejor el terreno.
¿Qué otras diferencias hay entre agricultura convencional y ecológica?
La convencional permite obtener más producción con abonos químicos si hay suficiente lluvia, pero tiene costes económicos y medioambientales. Yo prefiero hacer aportes puntuales de estiércol de oveja, que enriquece el suelo durante unos años. Lo cubro con paja para evitar la pérdida de nitrógeno. Es más trabajoso, porque se hace a mano, pero más sostenible. Tengo 14 hectáreas de cultivo, y al dedicarme a tiempo completo, puedo cuidar cada detalle. Eso, para mí, marca la diferencia.
¿Qué cultivos tienen más peso actualmente en tu explotación?
El algarrobo es ahora el cultivo más importante, tanto por volumen como por futuro. Cuando empecé en los 80, era el almendro el que dominaba, pero con el tiempo y las condiciones actuales, ya no es viable. Además de algarrobos, que planto desde semilla con plantones propios, también he ido aumentando los olivos. Todos son injertados sobre acebuches que nacen de forma natural, lo que les da rusticidad y resistencia. Así, los árboles están mejor adaptados al terreno y al clima.
¿Cómo valoras la situación actual de la algarroba?
La algarroba vivió un auge espectacular en 2021 y 2022, con precios de hasta 2,15 €/kg. Era una locura, sobre todo comparado con frutas como la manzana o el plátano que llevan mucho más trabajo. Es un cultivo con bajo coste y larga vida, y aunque ahora el precio ha bajado a unos 60 céntimos, sigue siendo rentable si no pagas mano de obra externa. Además, la algarroba cae sola si no se recoge, lo que permite su aprovechamiento para los animales. No tiene recolección mecanizada, como la almendra, pero sigue siendo un árbol agradecido y con mucho potencial.
También has recuperado sistemas antiguos de recogida de agua. ¿En qué consisten?
En la finca de Ca’n Ros, donde vivo, recuperé en 2018–2019 un sistema de captación de agua de lluvia que se usaba antiguamente para una tafona. Es una obra tradicional con aljibes conectados por gravedad, que me permite ahora regar los naranjos sin electricidad. Restauré todo con un mortero de cal, gracias a una subvención del Consorci de la Serra de Tramuntana. Aparte del valor patrimonial, es un ejemplo de eficiencia y sostenibilidad. Hoy en día, ver cómo corre el agua tras la lluvia y poder aprovecharla como antaño es una satisfacción enorme.
Eres muy activo en la defensa del campo. ¿Qué significa para ti el activismo agrario?
Creo que es imprescindible explicar lo que hacemos y los beneficios que aporta nuestro trabajo. No todo el activismo debe ser queja; también debe haber divulgación positiva. Hago vídeos, participo en la asociación de payeses de Calvià, y promuevo el orgullo por nuestro oficio. Si queremos que los jóvenes se acerquen al campo, no podemos mostrar solo lo malo. Este estilo de vida me ha dado motivación, sentido y una vida plena. Si volviera a empezar, volvería a ser payés.
¿Qué labor hacéis en la Associació de Pagesos i Ramaders de Calvià?
Somos 66 personas con perfiles diversos. El grupo de WhatsApp que tenemos sirve para compartir información, apoyarnos y subirnos la moral. Calvià no es un municipio asociado a la agricultura, pero hay actividad agraria real, tanto a tiempo completo como parcial. La asociación nos ayuda a sentirnos parte de algo, a unirnos más que a separarnos, y a reivindicar nuestro trabajo.
¿Qué se puede hacer para que se valore más el producto local?
Lo más importante es que se pruebe. Participo en la cooperativa Mè Ecològic y, en su 10º aniversario, organizamos una comida con cordero en mi finca. Estaba delicioso. Mucha gente dice que no le gusta el cordero porque ha tenido malas experiencias, pero un animal que solo come pasto da una carne distinta. También hago venta directa de almendra, y cuido cada detalle porque sé que el cliente me lo va a agradecer. Puede ser un poco más caro, sí, pero es una inversión en salud, en sostenibilidad y en el territorio. Si no apoyamos lo local, en un momento de crisis nos quedaremos sin comida ni recursos.