Pere Calafat Vich, agricultor y vinatero de Santa Maria del Camí, dirige desde los años 90 el celler Jaume de Puntiró, donde cultiva viña ecológica y elabora vinos con variedades autóctonas. Heredero de la sabiduría popular de su familia, Calafat defiende una agricultura ligada al territorio, crítica con la globalización y comprometida con la sostenibilidad.
¿Cómo fueron tus inicios en el campo?
Empecé muy joven, siguiendo los pasos de mi padre y mi abuelo, que se dedicaban al cultivo de la viña y a la elaboración de vinos. A los 23 años decidí incorporarme plenamente al trabajo en el campo y dedicarme de forma profesional a la producción de uva. Fue una transición natural, un proceso de aprendizaje que me permitió recoger su experiencia y convertirla en mi oficio.
¿Qué valores heredaste de tu familia en tu forma de trabajar la tierra?
Crecí en una familia dedicada a la agricultura. Aunque no era un alumno brillante, encontré en el campo una vía para desarrollarme. Con el tiempo, entendí el valor de esa sabiduría popular que me transmitieron mis padres y abuelos. En mi juventud no supe apreciarlo del todo, pero con los años he llegado a comprender la profundidad de ese conocimiento ancestral. Te das cuenta de que hay una gran sabiduría en sus prácticas y consejos. Hoy agradezco profundamente ese legado.
¿Cómo ha evolucionado el manejo de la viña desde entonces?
Las técnicas básicas siguen siendo las mismas, pero todo se ha ido perfeccionando con la tecnología y las máquinas: desde los arados hasta las bombas de sulfatar y la maquinaria de bodega. Pero lo esencial es entender por qué se hacen ciertas tareas, como labrar o podar en verde. A veces, desde la modernidad, no se tiene en cuenta ese conocimiento ancestral, pero años como el pasado, con una gran sequía, nos recuerdan su importancia para enfrentar retos del presente.
Has dicho que la viña es uno de los cultivos salvadores de Mallorca. ¿Por qué?
En mi infancia, la almendra era el cultivo predominante. Hoy su importancia ha bajado mucho y la viña ha ganado terreno. Se ha convertido en refugio para agricultores, pero también en una inversión atractiva para personas ajenas al sector. Esto ha incrementado las hectáreas plantadas y el número de bodegas. Aunque algunos dicen que ya hemos tocado techo, yo creo que todavía hay recorrido. El gran reto es la comercialización.
¿Cómo puede mejorar esa comercialización?
El consumo local de vino mallorquín es muy bajo. De cada 100 botellas que se abren en la isla, solo 15 o 16 son de aquí. Deberíamos seducir al turista para que incluya el consumo de vino local como una parte más de su experiencia de viaje. Hace falta una campaña institucional bien pensada. Hasta ahora se han invertido recursos sin resultados visibles. Si lográsemos que 40 de cada 100 botellas fueran mallorquinas, el problema de comercialización estaría resuelto.
¿Por qué apostáis por las variedades autóctonas en vuestra bodega?
Cultivamos manto negro, callet, prensal blanc y giró ros. Son variedades muy adaptadas al clima y que permiten elaborar vinos cálidos, mediterráneos y diferenciados. Competir con variedades internacionales como Syrah o Cabernet es más difícil porque nos enfrentamos a vinos de países con gran tradición y escala. Pero apostar por lo propio es apostar por la identidad y la singularidad del vino mallorquín.
¿Crees que se ha hecho suficiente por definir y promover el producto local?
De momento, ni siquiera hemos definido qué significa producto local. ¿Es solo el elaborado aquí? ¿O también que sus ingredientes lo sean? ¿Debe tener una singularidad varietal? Es un debate pendiente. Solo cuando lo resolvamos podremos lanzar una promoción efectiva del producto local y del kilómetro cero. Ahora mismo hay mucha confusión y falta de estrategia clara.
¿Qué retos afronta hoy un viticultor en Mallorca?
Los retos son inmensos. Desde la falta de mano de obra, hasta el impacto del cambio climático, que complica cada vez más el cultivo. Además, hay que seguir haciendo un trabajo riguroso y eficiente en el día a día. Afrontamos una realidad difícil.
¿Qué papel juega la agricultura ecológica en vuestro proyecto?
Desde los años 90 trabajamos en ecológico. Al principio lo hicimos por convicción, pero hoy es también por conveniencia. Los consumidores valoran cada vez más una alimentación sana y natural. Nosotros hemos demostrado que es viable. No hay que ser un mago para producir vino ecológico de calidad: es posible con conocimiento, dedicación y respeto por el entorno.
Participas en proyectos como “Mallorca en Fruit”. ¿Qué aportan estas iniciativas?
Sí, llevamos dos años participando. Son proyectos impulsados por entidades como APAEMA que nos han permitido plantar árboles autóctonos como olivos y algarrobos. Recibimos apoyo económico y técnico, y eso facilita que podamos diversificar nuestros cultivos. Este tipo de iniciativas dan sentido a una agricultura conectada con el territorio y la biodiversidad.
¿Por qué es tan importante defender el producto local frente a la globalización?
La globalización nos ha desorientado. Nuestros hijos ya no saben qué fruta es de temporada, qué hay que comer, qué es saludable. Si no reaccionamos, perderemos la cocina viva y pasaremos a consumir solo productos precocinados. Hay ejemplos extremos, como la venta de huevos fritos envasados. Defender lo local es mantener la cultura alimentaria y la salud.
¿Crees que las ayudas existentes son eficaces?
Ha habido ayudas, pero muchas veces no han sido eficaces. Se han invertido recursos, pero con resultados muy pequeños. Necesitamos campañas mejor pensadas, más inteligentes, que realmente lleguen a la gente. No es fácil, pero es esencial si queremos avanzar.
¿Cómo ves el futuro del campo balear?
El reto principal es el relevo generacional. También el cambio climático. Algunas ayudas para incorporar jóvenes están funcionando y eso es positivo. Para adaptarnos al clima, la solución puede estar en las variedades autóctonas, que están mejor preparadas para condiciones difíciles. Debemos aprovechar lo que tenemos delante.