Farmacéutico de formación y botánico por vocación, Montserrat Pons i Boscana ha convertido su finca de Son Mut Nou, en Llucmajor, en el mayor museo vivo de higueras del mundo. Allí cultiva más de 3.200 ejemplares de 1.486 variedades distintas, muchas en riesgo de desaparecer. Sentado a la sombra de una de sus higueras, nos habla de este proyecto único, de historia y de identidad.
¿Cómo nace tu vínculo con la higuera?
Aunque mi profesión es la farmacia, la botánica siempre fue una gran pasión. Ya cuando terminé la universidad tenía plantaciones de higueras heredadas de mis padres y abuelos. Empecé conservando variedades antiguas de Llucmajor y luego amplié mi interés a toda Mallorca. La higuera es el árbol frutal más antiguo documentado en la isla, introducido por los fenicios. Tiene un profundo valor simbólico: siempre digo que es “el pan del pobre y el postre del rico”, y resume muy bien su relevancia en nuestra historia.
¿Tu familia influyó en ese amor por la tierra?
Totalmente. Mi abuelo y mi madre eran agricultores. Desde niño conviví con higueras, cerdos, confituras, higos secos… todo el universo del campo. Esa vivencia despertó en mí un sentimiento de apego que fue creciendo hasta convertirse en mi pasión. Me siento heredero de una identidad mallorquina muy ligada al higo y a sus usos. Lo que empezó como algo familiar acabó siendo una causa cultural.
¿Cómo describirías el proyecto de Son Mut Nou?
Este año cumplimos 30 años desde que inicié la colección. Hoy custodiamos más de 3.200 higueras de 1.486 variedades, de las cuales 253 son autóctonas de las Baleares. Muchas están en riesgo de desaparición. Son Mut Nou se ha convertido en la mayor colección privada de higueras del mundo. Aquí no solo cultivamos árboles, conservamos un legado natural y agrario que se está perdiendo por culpa de la globalización, el turismo y el abandono del mundo rural.
¿Qué retos has enfrentado en este camino?
Muchísimos. Al principio buscaba variedades mencionadas en libros del siglo XIX o principios del XX. Me iba con el coche a las fincas, hablaba con agricultores y propietarios hasta encontrar los ejemplares. Fue una búsqueda casi arqueológica. A partir de 1995 empecé a sistematizar esa colección. Hoy muchas de esas variedades están salvadas del olvido, pero detrás hay miles de horas de trabajo.
¿Qué significa Son Mut Nou para ti?
Es mi paraíso. Antes era solo un campo donde venía a cazar o a cuidar las higueras antiguas, pero con el tiempo se convirtió en mi proyecto vital. Para mí, cada una de las 3.200 higueras que hay aquí es como una hija. Nunca vendería esta finca porque es parte de mí. Mientras yo viva, este lugar seguirá siendo un paraíso. Es mucho más que una plantación: es familia, legado y emoción.
¿Tienes alguna variedad favorita?
Es difícil elegir. Es como preguntarse cuál es el mejor cuadro o el mejor artista. Tengo especial cariño por las variedades de Llucmajor, por su antigüedad y porque son parte de mi pueblo. Pero cada estadio de maduración —primerizas, agostinas, tardías, invernales— tiene sus propias joyas. En cada fase hay variedades que aprecio por su sabor, su textura, su historia… no hay una sola favorita.
¿Por qué es importante conservar estas variedades?
Porque estamos perdiendo la memoria agraria. Hacemos visitas escolares y el 99 % de los niños entre 12 y 14 años no conocen las higueras ni han probado un higo. Nuestra generación tenía otro vínculo con los árboles frutales. Si no conservamos estas variedades, desaparecerán junto a un modo de vida. Es un patrimonio cultural, agrario e histórico que necesita ser protegido urgentemente.
¿En qué se diferencian los higos de Mallorca de los de fuera?
Muchísimo. Aquí tenemos variedades autóctonas que llevan siglos adaptándose a nuestro clima y suelo. Las que vienen de otros lugares como Siria, Grecia, Israel pueden ser buenas, pero aquí las nuestras se consagran. Las variedades foráneas incluso mejoran cuando se plantan aquí, por la luz, el clima, el suelo. Pero las mejores, sin duda, son las baleares, especialmente las mallorquinas. Son el fruto de siglos de selección natural.
¿Cómo han entrado tus higos en la alta cocina?
Con mucho orgullo. Chefs como Andreu Genestra y Maca de Castro trabajan directamente con nuestras variedades. Usan nuestros higos y derivados para elaborar platos únicos. Además, en Son Mut Nou elaboramos artesanalmente 21 productos diferentes: pan de higo, aceite, vinagre, paté, helado de cinco variedades… Esto nos da algunos ingresos para sostener el proyecto.
¿Crees que el higo está valorado en la gastronomía balear?
Lamentablemente no. En los mercados locales apenas se encuentra producto autóctono. Y el higo seco ha desaparecido de los restaurantes. Es un producto olvidado. La gastronomía balear aún no ha redescubierto todo el potencial del higo. Hace falta más difusión y más compromiso con el producto local.
¿Y en la sociedad mallorquina en general? ¿Se valora el higo?
No lo suficiente. Los visitantes extranjeros se interesan mucho: el año pasado vinieron 3.800 personas, y solo un 10 % eran mallorquines. Vienen desde Inglaterra, Alemania, Tailandia o Estados Unidos para conocer nuestras higueras. Pero aquí falta conciencia. Desde Son Mut intentamos devolver las variedades a sus zonas originales, fomentar el cultivo, pero lucho prácticamente solo.
¿Cómo ves el futuro del higo… y del campo?
Complicado. El campo en general está en riesgo de extinción cultural. En Porreres, por ejemplo, los albaricoques están desapareciendo, cuando eran un símbolo. El problema es profundo. A la gente le interesa más la playa que el campo. Pero esto no es un parque temático con piscinas, es un proyecto vivo. Hay que fomentar el consumo, el cultivo, el aprecio… o desaparecerá.
¿Y hay relevo generacional en Son Mut Nou?
Esa es la gran incógnita. Tengo cinco nietas y un nieto. Aún son pequeños, y aunque vienen cada sábado y les inculco este amor, no creo que sientan lo mismo que yo. Mis hijos ayudan, pero no tienen esta pasión. Para que esto continúe necesitaría que una institución se hiciera cargo algún día. Yo estaré aquí mientras viva, pero el futuro es incierto. No es negro, pero sí oscuro.