Entre muros de piedra seca y prados verdes, las vacas forman parte del paisaje agrícola del interior menorquín. Desde la introducción del ganado bovino en el siglo XVIII hasta la consolidación de la raza frisona en el siglo XX, el vínculo entre ganadería y territorio ha sido clave. De este entorno productivo nace el queso con Denominación de Origen Maó-Menorca, símbolo gastronómico de una isla que mantiene vivo su patrimonio rural.
Los prados suaves y verdes de Menorca, delimitados por muros de piedra seca y acariciados por el viento de tramontana, son el escenario natural de uno de los paisajes más arraigados de la isla: el de las vacas. Esta presencia animal no es solo una estampa rústica, sino una pieza fundamental del sistema agroalimentario menorquín, vinculado directamente a la producción lechera y al queso que lleva el nombre de la isla por todas partes.
El origen de este paisaje se remonta al siglo XVIII, cuando el gobernador británico Richard Kane introdujo ganado para mejorar la dieta y el suministro de carne. Con el tiempo, ya en el siglo XIX, se incorporaron razas foráneas como la suiza y la holandesa, pero fue a mediados del siglo XX cuando se impuso la raza frisona como protagonista indiscutible de la producción láctea. Esto se debió, en gran parte, a la aparición de industrias como El Caserío o COINGA, que impulsaron la mecanización y modernización de las granjas.
Aun así, la vaca roja menorquina, de color rojizo y perfil rústico, casi desapareció. Su recuperación fue posible gracias al esfuerzo de ganaderos como Gabriel Seguí Mercadal y a la creación de la Asociación de Ganaderos de Raza Menorquina en 1997. Hoy, esta raza autóctona convive con la frisona en un ecosistema agrícola que mantiene vivo el equilibrio entre tradición y rendimiento.
El queso de Maó-Menorca, protegido con Denominación de Origen desde 1985, es el resultado de este paisaje vivo y activo. Elaborado con la leche obtenida de estos animales, el queso encarna el sabor de la isla, marcado por el pasto y por el entorno marino. El pimentón, las hierbas de la zona y la salinidad del aire influyen sutilmente en el perfil gustativo de este producto emblemático, símbolo de la cultura campesina y de la cocina menorquina.
Hoy, la ganadería menorquina se enfrenta a nuevos retos como el cambio climático y la necesidad de mantener una producción sostenible. Pero el compromiso de las nuevas generaciones, como se puede ver en eventos como la Fira del Camp, confirma que este paisaje de vacas, hierba y piedra seguirá siendo parte esencial del alma gastronómica de Menorca.